Si existiera una máquina del tiempo que retrocediera 448 años, nos encontraríamos en un gran aprieto: el Perú necesitaba una capital. Zaña, un valle situado una hora al sur de Chiclayo, es la mejor opción, lástima que esté “maldita”.
Zaña era el paraíso norteño, sus ricas tierras y su posición estratégica que unía a la costa con la sierra cajamarquina hacían de ella la ciudad indicada para llevarse el premio mayor. Todos los riquillos españoles que venían a vivir al Perú querían ir a la ciudad de moda (una especie de Dubái cholo). Así que, como era costumbre, llegaban cientos de barcos llenos de europeos con sus cachivaches para marcar territorio en esas tierras.
Los descendientes moche, antiguos pobladores que ya vivían en esa zona, habían escogido como morada principal las faldas de un cerro que estaba cerca al valle; sin embargo, los nuevos habitantes preferían ubicarse casi a las orillas del río para tener algo parecido a una playa privada. La emoción por sus nuevas casas fue tan grande que se olvidaron de pensar que vivir cerca a un río no era una opción inteligente ni en Zaña ni en la Conchinchina.
Y así, desde 1563, Zaña se fue volviendo más grande y a la vez rica, gracias al sistema de riego para ganar tierras que habían creado los descendientes moche, el cual sorprendió tanto a los españoles que copiaron el trabajo para cosechar en abundancia. Como era de esperarse, ellos necesitaban mayor cantidad de mano de obra, así que tuvieron la espléndida idea de traer a miles de esclavos —y qué mejor que africanos y asiáticos para este duro trabajo. De esta misma manera, los esclavos trabajaron en al área urbana construyendo siete grandes iglesias alrededor de la ciudad y también de servicio doméstico.
Se dice que por las mañanas la gente salía a rezar y a ver detalle a detalle cómo iban quedando los nuevos templos. Por las noches, los esclavos salían a hacer rituales, cantos y bailes de origen negro (como el Lundú africano), mezclado con coplas españolas y yaravíes, las tristes y depresivas canciones de origen andino.
Es así como los negritos aprendieron las técnicas de esta nueva cultura para transmitir su propio mensaje, bastante burlón y erótico, pero tenía la intención de responder simbólicamente su rechazo al clero, que era riguroso y conservador. “Negrita te mueves tanto que al verte pasar yo peco. ¿Cuándo vas a hacer un seco para molerte el culantro?”. Cuando los pobladores escuchaban estos cantos mañosos, pensaban que los esclavos eran “obras del diablo”, y desde ahí comenzó el rumor de que ellos hechizaban la ciudad.
Por cosas del destino, comenzaron las tragedias y curiosamente todas en marzo de diferentes años.
Apocalipsis Religioso - 23 de marzo de 1606
Santo Toribio de Mogrovejo, segundo arzobispo de Lima aún no canonizado en esa época, visitó Zaña por pascuas y aquel Jueves Santo cae enfermo y muere. La comunidad entró en pánico y culpó de lo ocurrido a los esclavos. Se pensaba que fue por causa de sus hechizos.
Apocalipsis Pirata - 4 de marzo de 1686
El pirata británico Edward Davis navegó por el Pacífico hasta llegar a Zaña luego de enterarse de su fama y riqueza. Acompañado de un ejército de 200 ex esclavos, hombres de diferentes nacionalidades se unieron a él por su libertad. Cuando llegó, arrasó con todas las riquezas, saqueó las iglesias, las casas y acumuló un botín de 300 mil pesos en joyas, ropa y plata.
Lo más anecdótico fue el desalmado rapto a la bella Mencia, una señorita adinerada que vivía en la ciudad. El pirata pretendía secuestrarla hasta que alguien se animara a pagar 1000 pesos por su vida. Su papá, el superman de la historia, consiguió el dinero y esperó el retorno de su hija sana y salva, pero nunca más la volvieron a ver. La gente murmuraba que ellos se habían enamorado y huido juntos a Inglaterra.
Apocalipsis, ahora sí - 15 de marzo de 1720
A principios de marzo, fuertes lluvias y truenos azotaban la ciudad. El río Zaña amenazaba con salirse. Los habitantes, aterrados con lo que estaba pasando, subieron a los lugares más altos buscando refugio, pero el 15 de marzo el río arrasó a la ciudad destruyendo todo lo que tenía a su paso: casas, cosechas, iglesias, etc. El esfuerzo de crear una ciudad de sueños terminó ese día, cuando las aguas desaparecieron el valle. “Marzo de fatalidad, llegó el pirata de lejos. Marzo arruinó mi cuidad y al santo de Mogrovejo” –Luis Legoas López, cantante de Zaña.
Después de estas trágicas y sorprendentes situaciones, Zaña perdió todo lo que tenía. El poder político y económico se concentró en Lambayeque y miles de familias huyeron por temor a volver a pasar por esos desastres. Desde ese entonces, la ciudad quedó desolada y se convirtió el nuevo refugio para los descendientes de los esclavos. Por esto, al visitar Zaña puede verse en el rostro de cada uno de los pobladores de ese lugar una prueba de lo dicho anteriormente. Los lugareños poseen los rasgos de sus antepasados: están marcados por la historia.
Hoy, visitar Zaña es como si nos ubicáramos en el pasado. Sus grandes calles desoladas y viejas dan la nostalgia de que alguna vez ese lugar fue algo grande. Mientras vas caminando es inevitable cruzarte con sus pobladores, los cuales te observan meticulosamente como si fueras de otro planeta, y que con una sonrisa te dan el pase de confianza para seguir el camino. Como en muchos pueblos del Perú, podemos verlos muy tranquilos y sin preocupaciones: tomando sol en plena tarde u oyendo música en su pequeña plaza. Se acostumbraron al asfixiante calor que existe. Su única diversión es ir al río para refrescarse y “limpiar los errores del pasado”. Quién imaginaría que este mismo caudal que evoca paz y tranquilidad cuando lo ves, fue el que provocó el desastre de la ciudad que iba a llegar a ser la más imponente del Perú. No todos los sueños se cumplen.

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