sábado, febrero 26, 2011

Romería

Sentada en la puerta de su balcón, María Josefa tejía chalinas esperando el regreso de su breve amor. A l igual que Penélope,  ella nunca volvía a utilizar las mismas. Las conservaba en cajas que se encontraban por toda su casa. Una vez llegó a ponerlas hasta en el refrigerador, fue ahí cuando su familia se dio cuenta que había perdido la razón. La respuesta: por amor.


Parece que en enero de 1912, cuando sólo tenía 20 años, María Josefa Proturas vino obligada de vacaciones a Trujillo, para poder estar con su madre, una campechana y hacendada mujer que le ocultó la fecha de retorno hasta el día de su muerte. Josefa nunca pensó que dejaría toda su vida en Lima para vivir en una rebelde provincia donde no conocía ni al verdulero del mercado, sólo a un hombre que le tomó la mano mientras  caminaba por la Plaza Mayor, un día en el que miles de trabajadores casi pasan el record guinnes  de huelga de hambre contra la empresa Casa Grande.

Al momento que Josefa  vio quien estaba calentandole la piel, quedo totalmente seducida por su intimidante mirada y sus cejas pobladas a manera de un abedul, así que fue corriendo tras él a preguntarle qué diablos había sucedió. El se sorprendió al sentir el dulce arrebato  de Josefa y sólo le dijo: “Bonita”, a lo que ella respondió con una pisoteada y un inocente rechazo corriendo de vuelta a casa con la cabeza en alto e inflando su pecho cual paloma orgullosa. Cuando llego a la puerta, se quedó esperando a que él pasara para con un ruidoso portazo, cerrar el episodio con broche de oro.

Desde ese día comenzó amar su balcón. Salía diariamente a ver si lo volvía a encontrar, pero parece que el destino se había olvidado de juntarlos.  Hasta que un día, mientras cocinaba, tocaron la puerta varias veces, casi con desesperación animal.  Josefa, con mucha cólera, decía palabrotas en todo el camino hasta llegar al balcón, desesperada por verle la cara al maleducado o a la faltosa que le había hervido los humos, pero cuando vio quien era, quedó estática y bajó las escaleras lentamente, mientras se arreglaba el vestido  y se daba aire para que no la viera roja como  una fresa de estación.

“¿Qué desea?”, dijo Josefa. Él la vio y comenzó a reír. Parece que su falsa seriedad no le caía tan bien y fue bastante obvio que eso no es lo que quiso decir. “Bonita, me llamo César Vallejo y quiero invitarte a dar un paseo”. Cuando escuchó esto, ella  comenzó a entrecortarse y lo primero que se le ocurrió fue decirle que entre. Una reacción bastante desenvuelta para la circunstancia y mucho más para la época  pero esta aventura terminaría siendo la única vez en que María Josefa sintió el paso del amor en su vida.

Vallejo aceptó y comenzó a observar la casa del jirón Zepita 551, de pies a cabeza. Ella no tuvo inconveniente y dejó que entrara hasta los cuartos. No se sabe si por el shock o por su mirada de bonachón, pero algún motivo hizo que no tuviera miedo de él.” Es la primera vez que no tengo problemas para entrar a la casa de una señorita, me siento libre”, dijo. Por suerte, no había nadie en ese lugar, así que tuvieron la casa para los dos. La sobrina de Josefa cuenta que en esa visita él nunca le dijo que estudiaba Filosofía, nunca hablaron de poesía y ni tampoco sobre el Perú. Fueron sólo risas y mucha comida.

Vallejo se enamoró de ella y fue un mes de amor exaltado. Se veían a escondidas de 12 a 3 de la tarde. Ella cocinaba para él y en la casa nadie se enteró que existía un invitado diario. Josefa nunca le contestó uno de sus piropos, pero le sonreía  coquetamente. La respuesta ya estaba dicha.  Se besaban como tortolitos y se apachurraban como Koala a su árbol.

Hasta que un día, Josefa se olvidó de la hora y en ese momento  escuchó  abrirse la puerta.  Era su madre. Vallejo se levantó rápidamente cual fuera un soldado y con todo el respeto del mundo saludó. Su mamá se llenó de cólera y se podían ver las venas de su frente. “¡Lárgate de mi casa, qué le has hecho a mi hija, ¿quién eres? ¡No te quiero ver nunca más por acá!”, exclamó fuera de sí. Vallejo cogió su sombrero y sin decir palabra alguna intentó irse, pero Josefa salvó la situación.” El señor Vallejo vino a que le vendiera una de mis chalinas, voy a traerle la que me pidió”. En ese momento, la madre se quedó callada y dejó que se fuera. Mientras que los dos bajaban las escaleras, comenzaron a reírse y se despidieron muy felices. El nunca le dijo que volvería otro día. Ella tampoco se lo pidió.

Pasaron meses y Vallejo no volvió, parece que se tomó a pecho las palabras de la campechana madre. Josefa no podía sacarse de la cabeza a ese hombre, del cual no sabía donde vivía, ni que estudiaba, ya que cada vez que conversaban ese tipo de temas eran obviados para que la tarde sea más interesante. La jugada terminó mal y ella se dio cuenta que sólo había sido un amor fugitivo.
Lloraba como respiraba, esperando a que él regresara. No soportaba la idea de haberle abierto las puertas a un hombre que no volvería a ver sin darle las gracias por todos esos platos de comida.

Un día, ella fue  a caminar y lo vio en la esquina de su casa, se le aceleró el corazón  y en ese momento salió corriendo sin que él la pudiera ver. Desde el balcón, observó cada movimiento que hizo Vallejo y grata sorpresa que se dio María Josefa.  El no se dirigía a su casa, iba a ver a la mujer que vivía en la esquina de la cuadra. En ese momento, a Josefa se le hizo añicos el corazón, no soportó más y fue tras él  a casa  de María Rosa Sandoval. Tocó la puerta muchas veces, hasta que él abrió. Vallejo se sorprendió tanto que no pudo hablar, cerró la puerta y caminó con ella para acompañarla hasta su domicilio. Josefa estaba tan impresionada que si hubiera hablado, lo más probables, es que hubiera recitado un trabalenguas. En esos minutos, no podía ser la arrebatada chica que intentó ser meses antes. “María Rosa es mi novia y no debes ir a su casa nunca más en tu vida. Ya olvídate de mí”. Contestó el nuevo don Juan muy sereno, pero con voz de mando.



Josefa se quedo en blanco. No hablaba con nadie por días. Su madre y hermanas le preguntaban por su estado de ánimo y ella parecia un témpano de hielo. Luego, pidió regresar a Lima pero nunca tuvo respuesta. Castigada sin culpa, pasó mucho tiempo en la ventana viendo como el amor de su vida iba a la casa de la esquina. La estación cambió y ella se enteró quién era el hombre que la había besado. Supo que era escritor y filósofo, que tenía tantos amores como poemas y problemas como teorías. Lo único que Josefa supo hacer era comprar sus libros y ahogar pena en ellos mientras que seguía tejiendo chalinas que nunca más volvió a vender.

María Josefa vivió 107 años, de los cuales pasó más de la mitad pensando en César Vallejo. No se sabe si fue obsesión. Lo único cierto es que lo amó caprichosamente, esperando verlo volver. Al no hacerlo, se enamoró de sus libros y pidió ser enterrada junto a ellos. En su mano tenía una nota del poema Romería que se recordará toda la vida.

Pasamos juntos, muy juntos,
invicta Luz, paso enfermo;
pasamos juntos las lilas
mostazas de un cementerio.
César Vallejo.

3 Dame tu opinión o calla para siempre:

Ma.Angela dijo...

Muy bueno muuuuy buenooo. pobre josefaaa. esa no es tu direccioooonn? jjajaja

Greta dijo...

Por eso se la historía, Es mi tatara tía abuela o algo asi.

Metztli dijo...

ohh me gustó mucho n_n